Sobre Morelia y otras preguntas…

Lugar común o cliché, pero aseveración probada por la evidencia empírica que vamos juntando por el camino: la vida está llena de preguntas sin respuesta. Creo firmemente que algunas de esas preguntas se vuelven valiosas en sí mismas más allá de la respuesta y, en algunos casos, del asunto que las origina; se vuelven puntos de inflexión, piedras angulares, inspiración, fuerza creadora –para bien o para mal. La violencia masiva, o que atañe a un grupo o sociedad, es una fuente importante de estas preguntas. Formas de violencia masiva, como el terrorismo, son puntos aberrantes entre los eventos que un ciudadano promedio estima puede encarar alguna vez en su vida. No es difícil imaginarse y es posible comprobarse que una abismal mayoría de las víctimas de actos terroristas no tiene ninguna relación directa con la causa detonante. Por lo tanto, el terrorismo crea un montón de porqués.

Digamos, si uno practica paracaidismo sabe que enfrenta una serie de factores que aumentan la probabilidad de sufrir un accidente. Si uno compra una marca de auto con alto índice de robo, uno sabe (o al menos tiene la opción de saber) que tiene una mayor probabilidad de formar parte de las estadísticas delictivas que una persona con una marca menos negociable en el mercado negro. Si uno decide caminar por la zona roja de cualquier ciudad a las 12 de la noche aumenta la probabilidad de ser asaltado en comparación con estar en una zona relativamente segura, ceteris paribus. En todos estos actos uno decide y asume el costo de oportunidad de no practicar un deporte extremo, comprarse el coche que uno quiere, o transitar por donde se desea por no tener un daño. Cuando se trata de terrorismo, la decisión informada de asumir o reducir esa probabilidad disminuye o desaparece. Peor aún, la mayoría de las víctimas sufrieron el atentado en momentos cotidianos o tradicionales de su vida; tomando el metro a la misma hora para trasladarse de la escuela a la casa, entrando en la oficina como todos los días, yendo a misa, atendiendo un acto cívico. Es decir, no hay un elemento endógeno que catapulte el riesgo. Incluso aquellos que pudieron haber sido víctimas (debido a su rutina o tradiciones), generalmente, no lo fueron por eventos exógenos a la decisión en sí de asistir, por ejemplo, se descompuso el coche, los dejó el autobús o tuvieron visitas imprevistas. Es por eso que la mayoría de los seguros tradicionales no cubren daños por actos vandálicos o terroristas. Las variables son tan discontinuas que se dificulta la estimación de la exposición al riesgo.

Morelia, Michoacán. 15 de septiembre 2008 (Foto: Notimex)

 

Por otro lado, los sobrevivientes y los que hemos perdido algún familiar o amigo por el terrorismo, o la criminalidad, en general, nos quedamos con un porqué que cambia nuestras vidas. Digamos, cada quien decide qué hacer con esa lección, yo he conocido los dos extremos: gente que ha hecho cosas fabulosas a partir de la desgracia y gente que se ha muerto en vida. Creo que todos, víctimas y relacionados con éstas, pasamos por una serie de etapas internas que empiezan por el odio. Evidentemente, el cuento termina (o comienza) en la evolución de esas etapas y su externalización. ¿Qué voy a hacer? ¿Me voy a vengar, voy a tener miedo toda la vida, me voy a escapar de mi realidad, voy a hacer un cambio? Intuyo que, paradójicamente, los terroristas también enfrentan el mismo proceso. Para los causantes intelectuales y operativos de actos terroristas todo se reduce a la decisión de hacer explotar la bomba y la aseveración implícita de que dejar un precedente en su lucha particular es más importante que la vida de muchas personas.

Me queda claro que la incógnita es diferente en un país como México que no tiene una larga historia en términos de ataques terroristas a población civil (que un país como Irak). En México estamos sufriendo las consecuencias de una lucha que no sólo no hemos adoptado, sino que desconocemos casi en su totalidad. Todo lo que se pueda decir sobre sus causas son suposiciones. Lo que está claro es que los mexicanos, todos, tenemos un gran reto por vivir después de este punto de inflexión que significó el 15 de septiembre de 2008.

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