Crisis y pistas de hielo

“El punto no es que los mercados (económicos) sean intrínsecamente buenos o malos: el punto es entender las condiciones que ocasionan que funcionen ineficientemente y determinar las políticas que se deben implementar para arreglar dichas ineficiencias”. Lo que escribe Debraj Ray, professor de economía de la Universidad de Nueva York, implica dos elementos básicos: uno, las crisis dejan lecciones que se deberían traducir en un proceso de aprendizaje (toqué la lumbre en la estufa y me quemo, por lo tanto, no tocaré el fuego de la estufa nuevamente); dos, hay alguien que hace un proceso de acumulación de ese aprendizaje y, consecuentemente, toma decisiones (no juego con ningún tipo de fuego porque me quemé con el de la estufa). Lamentablemente, la historia nos dice que en los países y en las ciudades, la existencia de estos dos elementos y su necesaria relación no siempre (¿o casi nunca?) están presentes. Por ejemplo, ¿quién no se acuerda del “si hay crisis en Estados Unidos, a México le va tocar sólo un catarrito”. El vecino del norte no es la excepción y lo ha demostrado con creces durante esta crisis que ha derivado en una etapa en que la economía (que somos todos) no produce sino que reduce, o como dicen algunos, está en recesión. En EEUU nadie sabe y nadie supo, y muchos todavía se sorprenden de lo que ocurrió. “Es imposible que ocurra otra crisis como la Gran Depresión de finales de los 1920s, tenemos los mecanismos que lo impiden”, todavía recuerdo las palabras de un respetado economista de una renombrada universidad de Boston. Y bueno, en realidad, pocas personas apostarían a que EEUU acabaría aplicando un mecanismo de rescate financiero similar al Fobaproa.

Entonces, tal vez podríamos construir un argumento basado en el de Ray diciendo que no importa si los mercados son buenos o malos, sino qué hacemos cuando funcionan bien (para evitar o mitigar) y qué hacemos cuando están mal (para aguantar y recuperar). De hecho, para generaciones en distintos países que nacimos y vivimos nuestra niñez y adolescencia masticando crisis económica estamos acostumbrados a medir la eficiencia de los gobiernos por su manejo en tiempos de crisis y ahora, lamentablemente, tendremos un montón de evidencia para evaluar. Las ciudades son entes que operan similarmente a cualquier persona: en tiempos de vacas gordas, invierto en lo que necesito y hasta me doy mis lujos, pero cuando las vacas tienen moscas tengo que dejar de invertir y gastar. Mientras menos invierto, menos gano, y mientras menos gasto, menos contribuyo a la economía. Por lo que se crea un círculo que deriva en un periodo de ajuste continuo. La crisis no es un momento específico, sino un periodo evolutivo, es decir, no es que me levanto abro el refrigerador y veo que la comida desapareció. Por el contrario, a partir de que la economía entra en crisis yo sigo tomando las mismas decisiones en cuanto a mi gasto e inversión hasta que llega un momento en que ya no me alcanza para mantener mi estilo de vida o llevar a cabo lo que había planeado. Como los individuos, los gobiernos más exitosos para controlar la crisis son aquellos que se anticipan, que empiezan a ahorrar antes de que ver que su cuenta está en números rojos.

Por lo tanto, en centros urbanos como la Ciudad de México, una decisión importante por tomar en el corto plazo es qué área(s) de la inversión y el gasto de una de las entidades más onerosas del mundo se reducirá o eliminará. Esto no es para nada una decisión fácil, no sólo en términos económicos, sino también en términos políticos. En el gasto público están incluidas la seguridad y la asistencia social. Por lo que las consecuencias de apretarse el cinturón son esencialmente antipopulares. Por otro lado, el ahorro, al igual que la inversión en infraestructura social es la papa caliente en políticas públicas: ningún gobierno le gusta optar por ese camino porque sus frutos trascienden el tiempo de administración. Sin necesidad de explicación, entre las decisiones inteligentes para tiempos de vacas flacas no está el gastar millones de dólares en recrear un ambiente invernal, con nieve incluida, en un ecosistema y una etapa económica que se cobran caro estas facturas. Qué otras mejores opciones se tienen para destinar ese dinero es siempre una pregunta que sonará en la Ciudad más cara de un país pobre, pero es especialmente relevante cuando, tarde o temprano, el efecto de la situación económica multiplica lo que se pudo haber ganado con ese dinero en otros rubros y se perdió, es decir, el costo de oportunidad. Costo que generalmente hace que pasemos del porqué se dio la crisis al porqué ésta ha durado tanto y el cual, para beneficio de pocos y perjuicio de muchos, puede ser evaluado correctamente hasta después de varios años. Cuando los que toman las decisiones que hablan de nuestro aprendizaje del fallo de los mercados están muy lejos de sus puestos políticos.

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