Ante la vida, te vuelves cabrón, te vuelves invisible, o los dos

Tepito y sus cabronas (Imagen de Francisco Palma)

Tepito y sus cabronas (Imagen de Francisco Palma)

Subimos rápido las escaleras del metro Lagunilla. Esquivamos bólidos en el eje y nos metemos sin remedio en la aorta del corazón de la Ciudad de México: las calles del Barrio de Tepito. Nos vamos por Jesús Carranza entre peleterías y negocios que venden historia embotellada. Respiramos la tranquilidad del martes, “¿dónde se fue todo mundo?”. Después del temblor del 85 es el único de los siete días en que la mayor parte del barrio muestra sus calles pelonas, cuando sus habitantes dejan de ser ambulantes y locatarios y se vuelven más tepiteños.

Nos detenemos en una farmacia, “oiga, ¿para la Fortaleza?”, el encargado se me queda viendo, y a mis acompañantes, incrédulo –somos dos tipos con pinta de sureños extraviados y dos güeras que tenían pensado, más bien, ir a tomar café a Polanco-. “La Unidad Habitacional”, agrego con aire de aclaración (y es que en el 33 de Jesús Carranza estaba la (otra) fortaleza, cuyo nombre habla por sí solo, expropiada hace mucho, pero demolida apenas hace dos años por el Gobierno del  Distrito Federal, era -se supone- matriz de producción y distribución de drogas con laboratorios y almacenes donde la policía no se atrevía a poner un pie). “Bueno, váyanse todo derecho hasta topar con la panadería donde dan vuelta y caminan tres cuadras, hay una entrada del lado izquierdo… pero, ¿sabe qué?, que guarden sus relojes y cualquier cosa llamativa que lleven”. La que más tiene que guardar es Diane y lo hace pensándolo dos veces, como a aquel que le dicen que se va a enfermar por comer en la calle y lo ha hecho por años sin consecuencias. Diane y yo habíamos recorrido Tepito otras veces, pero era la primera que recibíamos la recomendación local… las externas sobran.

Pasadas las dos y media llegamos a la mitad de la calle Rivero. A plena entrada de la Unidad, como unas cuarenta personas, prensa, sobretodo vecinos y artífices del obstinamiento del Barrio. Ahí está, por ejemplo, Alfonso Hernández, que se dice cronista y hojalatero social, odiado y amado, figura indispensable de una parte del movimiento cultural con su Centro de Estudios Tepiteños; Mireia Sallares, la artista española que juntó las voces que nos dieron el motivo para reunirnos el día de la Toma de la Bastilla; y ahí están siete mujeres que representan a todas las que se mimetizan en la guerra civil eterna de la vida en Tepito y salen avante haciéndose más fuertes y sabias, más cabronas.

¿Qué es ser cabrona? Aquella que sabe quererse a sí misma, sin esperar que la quieran, dice la matriarca de 81 años. “Las mujeres de Tepito somos comerciantas, muy luchistas…Para mí, la vida es a toda madre y es pendeja la que se ahoga en el pozo. Yo me siento tranquila y feliz, y por eso me quieren y me respetan, porque supe salir adelante o me llevaba la chingada”. Recuerda que Tepito es mundialmente conocido por su bravura y resistencia, antes era un barrio “bonito”, aunque la pelea fuera a golpes, hoy es a balazos. “Yo siempre cargo unas tijeras en mi bolsa del mandil, por si alguien se quiere pasar de vivo conmigo. Mi experiencia de vida es guardar lo que me sirva para cuando me quiera expresar e ir aprendiendo más de lo que sé, para darme valor y seguir adelante”. Después de todo, para la mujer tepiteña, lo ser cabrona está en la sangre, sentencia la octogenaria.

La claridad y congruencia de palabras llega a incomodar. Rompe paradigmas y logra el objetivo de, otra vez, redescrubir Tepito y su gente. “Acá los hombres llevan los pantalones, pero a la tintorería”, se recalca ante la crónica de la treintañera: “Yo gané mi amor propio cuando renuncié a mi familia y vine a vivir en Tepito, entre puras mujeres cabronas que me decían que no aguantaría ni un año y ya llevo 16 sin arrepentirme… Para ser cabrona en este barrio te debes querer a ti misma… hasta que encuentres tu amor propio y tus capacidades. Como mujer tepiteña es un proceso de aprendizaje lento, hasta que te desnudas ante el espejo de la vida”.

La mujer cabrona se busca libre: “…hay muchas mujeres que trabajan toda la vida y luego las despiden injustamente. Por eso, lo bueno del barrio es que trabajas para ti y por eso lo haces con gusto…“Yo bailo aunque no me gusta, pero lo hago bien. Lo hago con amor para la gente que me ve. Lo hago por respeto al baile y a mi pareja que es mi marido. Me gusta y me complace el aplauso y sentir que estoy haciendo algo por la gente.” Se busca en equidad: “lo que más trabajo me costó entender es que hay una lucha por la igualdad”. “Soy una mujer que no se vende ni se regala. Soy una mujer de convicciones para luchar por esta patria que no hemos sabido aprovechar, ni disfrutar”. “En esta nueva perspectiva de género, la fortaleza de una cabrona consiste en querer amar, comprender y hasta perdonar; pero (los hombres) son tan inmaduros, que esto los hace sentirse humillados. Por eso, a cualquier mujer, sea cabrona o no, le cuesta trabajo tener un hombre a su lado”.

El término no es despectivo, la valiente cabrona no se rinde porque supo aguantar para levantarse ella misma en hombros. “Pues todo el sentimiento, el dolor y la tristeza, no pudieron conmigo…” “… ¿Cómo no vamos a ser cabronas de todo a todo? Estudiarle, chingarle y trabajarle son tres de los verbos que sabe conjugar una cabrona”. “Siendo cabrona renuncias a ser una más del montón. Y es entonces cuando ya no puedes asumir que tienes miedo, porque entonces muestras vulnerabilidad o que te duele lo que te hacen”.

“Yo nomás estudié la primaria o no comían mis catorce hermanos…”Era la mayor y más cabrona que cualquiera de mis hermanos y se puede decir que no tuve niñez, ni juguetes, pues en lugar de juguetes tuve hermanos… Y les di y compartí todo lo que tenía: aunque sólo era miseria.”

Ahí acabé de reconocer lo que te vas imaginando con los años: el ser cabrón, en la connotación positiva, te hace reconciliarte con tu vida, con tus fantasmas. Otra de las invisibles matronas dice “ya rescaté a mi niña interior y le he curado todos sus miedos por los abusos que sufrió. Y si antes me hacía llorar la canción de La muñeca fea, hoy se la canto a mis sobrinos, porque he aprendido a sanar a mi niña interior para que sea libre y feliz”.

Deambulan por el lugar las imágenes endémicas del Barrio Bravo. Vemos al “Tirantes”, quien se deja tomar fotos a diestra y siniestra, a la anciana fumando y liderando la escena. Los medios se dan vuelo: es la representación de la cultura tepiteña. Las piedras angulares del culto por el problema urbano. El ying y el yang. La marginación y el genoma del inconsciente urbano.

Uno puede cerrar los ojos y olvidar las referencias contextuales. No es la pobreza, no es la violencia (“la pobreza es una forma de violencia que no tiene nada bueno”, dice una de las que nos comenta)… no es Tepito. Somos todos, todos nos sentimos “las 7 cabronas e invisibles de Tepito”. Todas tienen un cacho nuestro, todos entendemos un poquito. Nos hace sentirnos por momentos intelectuales izquierdistas, por momentos foráneos ignorantes. Tan lejos y tan cerca.

Una de las grandes exige “¡cabronas de Tepito, uníos!”, sí, ¡cabronas del mundo, uníos!

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